jueves, 12 de abril de 2012

La sociedad de la desmemoria (I): Competir con China


En nuestra vida cotidiana, hay veces que nuestra memoria puede jugarnos malas pasadas, sin embargo es mucho más débil aún nuestra memoria como colectivo, vista como un todo continuo en el tiempo desde nuestros orígenes; en definitiva nuestra “memoria histórica”. El problema es que es precisamente esa memoria la que nos hace tomar conciencia de dónde venimos y a dónde vamos. La que nos debería alertar de cuando nos están tomando el pelo una y otra vez con el mismo engaño, y sobre todo la que nos debería permitir no tropezar 2, 3 o “n” veces con la misma piedra.

En plena era de la información, nos estamos encontrando con que reina la desinformación, las reducciones simplistas y la ausencia casi total de pensamiento crítico, tanto en los medios como en las instituciones educativas. Es una desinformación que proviene de esta “amnesia” y que se refleja en una sociedad que, a pesar de sostenerse en las que deberían ser las generaciones con mayor formación técnica e intelectual de la historia, se muestra adocenada, adoctrinada y altamente manipulable. Digo todo esto a colación de algunas “verdades reveladas”, falacias, perogrulladas  y “reinvenciones de la rueda” que se escuchan estos días con motivo de la crisis y se repiten hasta la nausea en todo tipo de foros y por todo tipo de personas como un mantra, a pesar de que los datos y la realidad se empecinen en contradecirlos. Todos estos argumentos me gustaría ir analizándolos con vosotros en esta y sucesivas entradas de este blog.

El primero de esos argumentos del que me gustaría hablar, se está utilizando para justificar muchas de las medidas de la reciente reforma –o más bien contrarreforma- laboral, así como del desmantelamiento del estado del bienestar. Se trata de la falta de competitividad de las economías europeas, y en particular de la española, frente a las de los países emergentes debido a la globalización. Resulta que, de pronto, nos estamos dando cuenta de que no podemos competir –debido a los muy menores costes de producción- con estas nuevas potencias económicas, cuyo máximo representante es China, el llamado durante mucho tiempo “gigante dormido”,  y que, por tanto, nuestro nivel de vida no es sostenible. Hemos de reducir por tanto nuestro nivel salarial en aras de mejorar nuestra competitividad comercial.

¿Es esto nuevo? ¿Es debido a este nuevo y reciente fenómeno de la economía globalizada? Y si es así ¿No es acaso normal que no hayamos previsto que esto pudiera pasar y por tanto que no hayamos tenido tiempo de tomar medidas? Bueno, pues parece ser que sí que lo sabíamos hace ya algún tiempo, según se desprende de las hemerotecas.  En el diario británico “Times”, podemos encontrar publicado lo siguiente:

“Si China –declara el parlamentario Stapleton a sus electores–, se convierte en un gran país industrial, no creo que la población obrera de Europa pueda competir con él sin descender al nivel de vida de sus competidores.”

Esta noticia salió publicada en los años 70, así que igual es que no nos ha dado tiempo a reaccionar o a valorar las consecuencias de la globalización financiera, plantearnos la conveniencia de liberalizar (como se ha hecho) todo tipo de comercio frente a países cuyos trabajadores subsisten en condiciones de pobreza extrema y completa desprotección en cuanto a derechos, o por contra exigir reformas y el respeto de los derechos humanos en esos países como condición previa a mantener relaciones comerciales con ellos, regular la deslocalización de las empresas de los propios países occidentales y obligar a las empresas que operen en esos países a pagar salarios dignos, trabajar con jornadas similares a las europeas, prescindir por completo del trabajo infantil, etc… o tal vez sí, porque no hablamos de los años 70 del siglo XX, ¡Sino del XIX!. En concreto la cita hace referencia a un diario del 3 de septiembre de 1873.

En vista de esto, parece que hemos tenido tiempo más que suficiente para valorar la situación. No sólo el análisis de las dificultades inherentes al comercio con China y otras economías emergentes era conocido, sino que la cantinela de la necesidad de ser competitivos por la vía de la rebaja de los salarios no es nueva ni mucho menos. Entre la opción de mejorar las condiciones laborales chinas a costa de moderar los beneficios empresariales y restringir las relaciones comerciales supeditándolas al cumplimiento de unos mínimos requisitos sobre derechos laborales y humanos, y la opción de mantener el nivel de beneficios bajando los costes salariales en occidente para equipararlos a los chinos, está claro que “los mercados” lo tienen muy claro. Los gobiernos nacionales occidentales que demuestran día a día una obscena subordinación a sus intereses frente a los del pueblo que dicen representar, también. Tanto que han convertido “su” opción en “la única” opción, en “lo que hay que hacer”.

A decir verdad, ¿qué podría empujar a la colosal maquinaria económica neoliberal -que ostenta de facto el poder político independientemente de las siglas del partido en el poder-, a cambiar de  rumbo? Al fin y al cabo, las condiciones laborales actuales de China son incluso mejores que las que existían en Europa en el siglo XIX, en el apogeo del capitalismo salvaje que ahora trata en cierto modo de volver. Hablamos de la jornadas de 12, 14 o 16 horas, trabajo infantil de niños desde los 6 u 8 años y sin escolarización, condiciones insalubres y elevadas tasas de mortalidad en la población obrera que se daban en la Inglaterra de la revolución industrial. Lo que se hace difícil imaginar es a qué condiciones preconizaba en su día el Sr. Stapleton que podía “descender el nivel de vida” de los trabajadores europeos de la época, teniendo en cuenta el punto de partida. No tan difícil es deducir que los límites al proceso de empobrecimiento ciudadano al que nos están sometiendo no los van a fijar los mercados –no está en su naturaleza y no es esa su función-, si no los ciudadanos.

Durante el siglo XIX y gran parte del XX, las condiciones laborales europeas y occidentales en general, fueron mejorando poco a poco, empujadas por la lucha sindical y obrera y, sobre todo, por la existencia del fantasma del comunismo, que amenazaba con poner las cabezas de los burgueses capitalistas en la misma guillotina donde ellos colocaron las de Luis XVI y María Antonieta en la revolución francesa. Desaparecido prácticamente el comunismo y desprestigiado ante la opinión pública como un sistema autoritario e inviable, causante de millones de muertos y que ha llevado inevitablemente a la miseria a las naciones que lo adoptan –sea todo esto cierto o no-, parece que el viejo capitalismo, encarnado en el neoliberalismo, ha decidido que ya ha cedido demasiado durante demasiado tiempo, y que si en su momento no se produjo una revolución comunista generalizada en los países capitalistas (Esta se produjo principalmente en países como Rusia y China, que nunca llegaron a ser realmente capitalistas, sino que pasaron directamente de una sociedad agraria y feudal al sus respectivos regímenes socialistas), con menor probabilidad se podría producir ahora algo semejante.

Ante esto se plantean dos cuestiones fundamentales. La primera es, cuánto nivel de vida y cuántos derechos estará dispuesto el pueblo a ceder ante el miedo de la crisis y el discurso de “lo inevitable” y del “no hay alternativas”. La segunda es, si la sociedad occidental será capaz de salir de la “amnesia histórica” que, interesadamente, se le han inducido. Sólo recordando de dónde venimos podremos mandarle el mensaje a “los mercados”, sus gobiernos títeres, y los organismos internacionales que trabajan para sus intereses (FMI, Banco mundial, etc), de que no estamos dispuestos a que nos arrastren de nuevo allí. Sólo así podremos darles la oportunidad de frenar su propia voracidad antes de cruzar una línea que nos lleve a una nueva confrontación armada y al desastre.

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